La luz se escapa, enciende, huye a prender más hogueras. La antorcha que abrazsará al mundo...

lunes, marzo 12, 2007

El blanco, la lluvia, el verde y el suicidio social.

Un nuevo día de lluvia me encuentra vestida con pantalones blancos. Tengo varias ideas sobre porqué ocurre esto. La primera, se refiere a un intento de cortar un día gris recortándome en blanco sobre el paisaje; con un par de chocolates más, incluso podría parecer una nube. La segunda idea parece remitirme a los orígenes más primitivos de las conductas humanas: para el caso de ensuciarme (con barro, que nunca falta), pues que se note. La tercera tiene que ver con aquella vieja teoría de nuestros abuelos del campo según la cual los caballos blancos atraen los rayos; como en la ciudad no hay caballos, cualquier cosa blanca debería atraerlos. En cualquier caso, todas estas ideas son, socialmente, bastante suicidas. Por cierto y hablando de colores, mi automóvil será verde loro brillante con una flor naranja en la puerta del lado del conductor; de esta manera nunca podré perderlo en un estacionamiento y por otro lado, no creo que nadie quiera robármelo. A lo sumo los ladrones esperarán para conocer qué tan ridícula puede ser la dueña (pues es claro que tiene que ser una mujer). Además, con esos colores me perdonarán cualquier mala maniobra en la calle ("pero mirá ese auto...si está chapi") y los pocos pájaros que andan en la ciudad vendrán revoloteando alrededor mío... con lo cual supongo que el muy verde auto estará además estampado a lunares de caquita.., lo cual nos remite al inicio y eso del suicidio social. Hinchada como una horma de queso, os saluda atentamente desde la Sala de Profesores de la Facultad de Derecho (como esta facultad tan correcta me permite estas cosas!), Lila.-

viernes, enero 26, 2007

Fabrica de Opio

Hay varias maneras de lograr los 30 segundos de fama, y muchos se han dado cuenta. Miren sino los que no tienen las monedas en la mano al subir al cole: 35 ojos estan clavados sobre ellos, incluso those del chofer. Si quieren extender el tiempo, hacen que se les caiga, o ponen moneditas falsas. A veces la fama la quiere la máquina y las devuelve, las devuelve. Están tambien los chicos que alcanzan pelotas en los match de tenis. O gente tratando de entrar con muchos bultos a un lugar, que puede ser a la pulcritud del colegio de abogados, vestida de hippie y con una mochila grande, o con cualquier ropa, a la embajada de los Estados Unidos (no olvidar llevar la mochila). ¿Quien no reparo por 30 segundos en esos vendedores ambulantes que no ponen voz d vendedor? Hay muchas maneras, y espero sugerencias; pero hoy pensaba en la gente esa encerrada en la casa del Gran Hermano. Encerrada, solo físicamente, pues su presencia se proyecta en cada televisor que esta prendido 24 hs o al menos, las últimas de la noche y las primeras de la mañana. Viendo anoche los participantes de esta edición, un sociologo puede decir que se trata de un nuevo extracto, seleccionado adrede o imposible de ser seleccionado antes por falta de presentacion. O sea, que esta gente que por lo menos habla bien (no es que se dediquen a gran cosa, claro, sino no estarían ahí) y luce bien o no se animó a presentarse antes (y por eso las ediciones anteriores fueron más patéticas que ésta), o se trata de una nueva estrategia de capatación de televidentes, que obviamente apunta a una brecha por encima de los 25 años. Lo que también descubrieron en esta edición es aquello de "pueblo chico, infierno grande, aunque sea una ciudad": no me cabe duda que si en Bs. As. pudieramos conocernos, seríamos tan chismosos como aquellos de Mendoza, Colón, Córdoba que deben seguir día y noche las "relaciones" entre los habitantes de la casa, o para ellos "el hijo de..." o "la amiga de la prima de...". Peor para el resto, tan ocioso como los que estan dentro de la casa, que no tienen otra cosa que hacer que referirse con familiaridad a "Mirá lo que hizo Silvina!" o "Grisel como se vistió hoy!"... y claro, luego de tantas horas frente a la T.V., son como parte de la familia...La fábrica del opio, de los que están afuera y de los que están adentro. Que diría Foucault?

miércoles, enero 03, 2007

Agua, Parte I: bañarse

Hay momentos sublimes en los cuales nuestros sentimientos se escinden de nosotros para tomar forma y constituir una entidad independiente. Los hay también aquellos de tamaña confusión con uno mismo que generan una incomodidad indescriptible, quizás sólo asemejable (mi Word marca que esta palabra no existe) al acto de tomar un baño. No sé quien habrá hecho el estudio de mercado para los comerciales con mujeres perdiendo el tiempo entre la espuma pero es seguro que ninguna de todas ellas (nunca he visto un “ellos” entre las burbujas televisivas) han estado tan orgullosas como yo de haber logrado eximirme de bañarme en todas las ocasiones que he podido: viajes sin rumbo y sin compañía, o con compañía igual de mochilera como yo por la cordillera pegada al Sur (el agua de los lagos es muy fría para bañarse, esto hay que recordarlo). Y escribo esto desde dentro de mi bata de baño, un día domingo (siempre escribo los domingos, tengo los decibeles bajos) donde espero secarme mientras escribo; el taking a bath debería ser un gusto y no una medida cultural: la ducha es la institucionalización de un acto natural cual es el placer de dejarse fluir en un medio líquido. Dime cuánto te bañas y te diré quien eres: no soporto a la gente que parece bañar un hipopótamo.

“El agua calma” -declararían niños recién nacidos luego de cesar de hipear su primer llanto; el agua lava por fuera, los Ríos de Agua Viva limpian por dentro; se lleva la tristeza en las gotas que llueven desde nuestros ojos o explotan felices con las risotadas. La risa es agua, también y las mujeres sabemos fisiológicamente de qué se trata.

Recuerdan en mi familia que unas vacaciones de invierno, siendo yo de menos de 1 metro de estatura de edad, asistimos en cofradía familiar a pasar unas cortas merecidas vacaciones (lo supongo, pues, ¿alguien merece vacaciones a mitad de año?) en la costa, seguramente en Quequén. Y dicen que cuentan que pisamos la playa y yo salí a abrazar el mar (¿que hacen sino los niños corriendo con los brazos abiertos hacia el agua? ¡Hacia todo, pinches abrazadores por naturaleza!); entre mas yo me acercaba los comentarios de mi familia oscilaban entre “No se irá a meter, no”, “Qué ocurrencia, mirá el frío que hace…”, “Sí, pero tiene abrigo como para 3 esquimales…” (me gustan los números impares pero exagero: 2 eskilames). “…”.

En este punto no hubo respuesta porque la respondente sobre el frío y los esquimales -temas que no eran de su competencia, igual, me hubiera gustado tener la oportunidad histórica de inventar la respuesta pero vedada esta pues- estaba ya corriendo hacia el agua a sacar a la pequeña foca (esa soy yo). Un periodista del pensamiento que se hizo presente en el lugar me tomó la siguiente declaración: “¡Pedo si estoy abdigada!”, que en el subtitulado también puede leerse como “¿Pada que me venimos a la playa si no nos vamos a meted?”.

En el fondo, yo tenía razón.